FALACIAS, FALSEDADES, ARGUCIAS Y QUIMERAS
“ Debemos regresar a la
solidaridad, la equidad y la justicia social “.
Pierre Rosauvallon
La
política y la sociedad venezolana del último decenio se han enrumbado por
caminos diferentes a los trazados por quienes desde los albores del año 28, se
propusieron entrar en el siglo XX a paso de avanzada, de transformación
tecnológica, de respeto a la dignidad humana, pureza en la administración del
erario nacional y convivencia fraterna entre los ciudadanos. Sus ideas,
delineadas en aquellas azarosas jornadas de lucha contra la dictadura de Juan
Vicente Gómez y años más tarde contra el totalitarismo mezquino de Marcos Pérez
Jiménez han sido traicionadas.
En
las cárceles, abarrotadas de la más pura generación de intelectuales y
políticos que ha producido nuestra nación, a través de la serenidad, la
paciencia, la lectura, la conversación, el
plácido análisis de las acciones acometidas, de sus errores y
equivocaciones y de las lentas horas del discurrir del tiempo, surgieron las
nuevas ideas y los principios filosóficos que permitirían el establecimiento de
un estado moderno al salir de las mazmorras que quisieron acallar el clamor de
un pueblo sometido a la intemperancia personal del tirano.
La
desviación ideológica sufrida por quienes ejercieron el poder, luego de salir
de las gayolas, dando la espalda a sus principios filosóficos, sus costumbres
hogareñas y su formación ciudadana, ha permitido que surja al amparo de un
estado omnipotente una nueva clase social identificada plenamente con los más
oscuros intereses del Estado, la
corrupción, el peculado, el soborno, la desidia, la inercia, la negligencia, el
hostigamiento, la desnaturalización de la gestión pública. Permitiendo que
la improvisación, madre de todos nuestros vicios, nos estremezca en lo más
profundo de nuestro esquema socio-político.
Contemplamos
un país en crisis. La corrupción, el flagelo que más ha perjudicado a nuestra
sociedad complaciente, palaciega, lisonjera; la inmoralidad y la desidia han
resquebrajado la ética, la moral y las buenas costumbres. Presenciamos una
nación donde prevalece la egolatría, la codicia, la mezquindad, la petulancia,
la fatuidad, la vileza, la miseria humana, la ineptitud, la ineficiencia, nuestro facilismo priva sobre el
interés nacional.
Evidenciamos
un país lánguido, pútrido, estragado, incoherente, confuso, melancólico,
mohíno, desorganizado, con un proceso educativo desfasado nacional e
internacionalmente, con los mismos adalides causantes del caos y la desidia, los destructores de la sociedad,
coronados por un pueblo que ha permitido con su voto, de espalda a la historia,
la crisis económica de los ochenta, el despilfarro y ultraje a la nación de
finales de la década; las asonadas militares de 1992, la incertidumbre
política, económica, financiera y moral que nos ha conducido a nueve años de infortunio, desasosiego y
penuria. Antecedentes que exigen un gobierno que no sólo demuestre capacidad
para elaborar buenos discursos, sino proyectos técnicos que permitan resolver
problemas concretos del país.
El sistema político venezolano ha arribado al proceso de regresión
más importante de la historia contemporánea, nuevamente nos encontramos en el
umbral de la civilización, en Jurassic Park. Las ideas de nuestros políticos
han ido involucionando, la clase política anquilosada someramente ha analizado
la transformación y mutación del mundo moderno. Los líderes criollos aún debaten sobre subsidios a los productos
primarios y terminados; sobre el control de cambio; sobre la gratuitidad de la
educación terciaria y de los servicios médicos prestados en los hospitales
públicos, sobre la autonomía universitaria mientras el pueblo fallece por
depauperación.
La gallina de los huevos de oro se acaba y debemos prepararnos
para ese futuro mediato que se nos avecina. Hagamos honor a
nuestros principios y no nos dejemos arrastrar por la masa que navega en
sentido contrario. Con firmeza, decisión y buena administración hagamos un
estudio serio e interdisciplinario, sí sus resultados lo aconsejan, busquemos
el debido consenso, tomemos y enfrentemos las medidas que sean necesarias, sin
temores, sin represalias, aunque ellas nos cueste la victoria política. No
seamos egoístas y mézquinos, no podemos seguir pensando en el partido sino en
la nación, en su salud, en su seguridad, en su tranquilidad económica y
pasaremos a la historia como la generación de hombres que permitieron conseguir
la grandeza aún no alcanzada. Sólo el
esfuerzo común nos permitirá superar la crisis que actualmente afrontamos.
Volver a la prehistoria no es el camino, debemos rectificar los
errores cometidos, los políticos deben sincerarse con la población; la
actividad político partidista debe contener un sentido más humano donde
prevalezcan los principios de justicia social, respeto de los derechos humanos
e impoluta administración de la hacienda pública, cuando ello ocurra Venezuela
iniciará una nueva étapa de bienestar y desarrollo. En caso contrario llegaremos al fondo del abismo.
Debemos
acabar con las quimeras, las falacias, las falsedades y las argucias de quienes
se han convertido en las vacas sagradas del sistema político venezolano, los
notables y esclarecidos bienhechores de nuestra nacionalidad, quienes poco a
poco como los arlequines luego del festivo carnaval comienzan a quitarse la
máscara y dejan ver su rostro sombrío, lúgubre, tétrico, taciturno, huraño,
amargado, rencoroso, demostrando una vez más su incapacidad para gobernar, para
esbozar y diseñar un programa de gobierno basado en principios éticos y
morales, que permita a los jóvenes
recuperar la confianza y esperanza pérdida.
Héctor Quintero Montiel
06/04/96
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